jueves, 26 de febrero de 2015

Una niña muy especial (Caperucita Roja) - Cuento Clásico

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Cuento Clásico Autor Raúl Rojas Voz del Narrador Caperucita Roja
Una niña muy especial (Caperucita Roja)


Versionando los clásicos: Caperucita Roja.


Ni por un momento supongo que usted ha escuchado esta historia. Cerca del bosque Delwyn vivía una niña muy bonita, respetuosa y muy inteligente llamada, Aylin. Educada por Elsie Middletown como si fuera su propia hija después que sus verdaderos padres la abandonaran a los pocos días de haber nacido. Esta pequeñita fue destacada en cada cosa que se propuso: matemáticas, idiomas, canto, música...

Elsie trataba de enseñarle, no solo cómo ganarse la vida, sino cómo sobrevivir a ésta. Solía decirle un viejo refrán, “Siempre hazte acompañar por una de tus tías, habrá menos preocupaciones, riesgos y angustias”. Así mismo, le enseñaba a ser precavida y a evitar lugares que pensara que fueran peligrosos. Con todo, nunca la dejaba andar sola. La consentía mucho y le hacía vestidos y demás ropa; su favorita era una capita de color escarlata que siempre insistía en llevar puesta. — ¿Dónde está mi capita mami? — La acabo de lavar, aquí la tienes—, era una conversación común. Cierto viernes, Elsie amaneció con una fuerte tos, además de espasmos y fiebre; imposible poder salir. Lo malo de todo esto es que era justo ese día que tenía que llevarle de comer a su mamá, que vivía al otro lado del bosque Delwyn

— Mami, yo le puedo llevar a mi abuelita su comida.
— No, hija. Ya le explicaré a tu abuelita que no pude llevarle este día su comida.
— Ándale mami, ¿sí? ¿Y qué tal que mi abuelita hoy amaneció enfermita como amaneciste tú? –Elsie, se quedó pensando en las palabras de su hijita-. Además, algún día tengo que salir sola, ¿quién dice que no es justo hoy?

Después de argumentar y argumentar cosas similares, Elsie fue convencida por su pequeñita de darle permiso para llevarle la comida a su abuelita al otro lado del bosque. Por un largo rato le repitió y repitió las instrucciones de cómo llegar, de qué debería hacer y qué debería evitar hacer. Ten cuidado con esto, con lo otro, con aquello. Pon mucha atención a esto, a esto otro, a aquello, etc. Por fin, llegó el momento de salir. Aylin recibió la última bocanada de instrucciones… y partió.

Salir del pequeño pueblo no fue un problema, pero una vez en el bosque vinieron las confusiones, “¿era por aquí… o por allá?”, se preguntó en varias ocasiones. Pero confiaba mucho en ella y en su magnífica capacidad de ubicación. A la mitad de aquel espeso bosque y sin que Aylin se percatara de ello, merodeaba Wolf Enfield, un feroz y despiadado ladrón, culpable de cuantos delitos se cometían en el bosque y sus alrededores; en verdad era peligroso. Éste la siguió con la mirada a lo lejos, después la siguió de más cerca y más cerca, solo mirándola de los hombros para arriba pues unos arbustos al lado del camino le impedían verla completa. Se acercó cada vez más. No la perdía de vista pues miraba su capa color escarlata que era lo que más se distinguía entre el follaje y demás plantas y árboles. Caminó aprisa y sigilosamente hasta estar a unos cuantos metros de Aylin y entonces… se detuvo cuando vio a un hombre joven acercarse a ella. 

— ¡Hola Aylin! –la saludo un vecino de nombre Albert Young. Wolf prestaba atención a aquella plática-.
— ¡Hola, Albert! ¿Qué haces por acá a esta hora, se supone que estarías trabajando en el molino, no es así? –preguntó con su voz encantadora-.
— Pues, si vamos a suponer, se supone que tú no deberías andar sola por aquí. Hay, mmm, cómo te lo digo… pues sí, peligros.
— ¿Quién Wolf? –dijo con esa inocencia de niños-.
— Pues sí, él. Ni siquiera yo debería de estar aquí tan campante.
— Ah, no le tengo miedo. Pero si te preocupa eso y no quieres estar ahí tan campante, acompáñame, quiero llegar aprisa a casa de mi abuelita, se me hace tarde ¿sí, me acompañas? -y soltó una risilla-.
— ¡Jajaja! –Albert secundó aquella risa de Aylin-. Claro que sí, tengo prisa, pero desde luego que te acompaño hasta la casa de tu abuelita, me aseguro que entres sin novedad y me retiro. Y todos contentos… ¿Te parece?
— Mmm... me parece bien amigo -contestó-.

Cuando Wolf oyó el plan de Aylin y Albert, se apresuró por un atajo hasta la casa de la abuelita. De más está decir que llegó primero, la ató en el baño y espero a que entrara la niña. Todo salió como lo esperaba. Unos momentos después, el sonido de la plática entre Aylin y Albert que se acercaban a la casa le indicaba que era el momento en que la pequeña entraría y quedaría indefensa ante él. Y así sucedió. Afuera, Albert se despidió de la niña y ésta entró a la casa. “¡Abuelita!”, gritó, sin recibir respuesta. Wolf, aguardaba escondido tras una puerta. Cuando Aylin se acercó más, éste le salió al paso… y ella se detuvo en seco. 

Los ojos de Wolf se abrieron como cuando uno quiere ver en la oscuridad. Era una niña invidente, que sostenía su bastón con la mano izquierda y una canasta con la mano derecha. 

— ¿Eres tú abuelita? - y se acercó a Wolf-. ¿Por qué tienes estas manos tan grandes? –no recibió respuesta-, ¿y por qué tienes estos brazos tan grandes? ¿Quién eres?
Hija, son para abrazarte mejor… Hijita, perdóname –dijo Wolf. Y con lágrimas en los ojos se hincó para abrazarla-. 



I N
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© Raúl Rojas

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