viernes, 27 de febrero de 2015

Vicenzo Battisti (Pinocho) - Cuento Clásico

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Cuento Clásico Autor Raúl Rojas Voz del Narrador Pinocho
Vicenzo Battisti (Pinocho)

Versionando los clásicos: Pinocho.


Por enésima vez, Marcello Cuminett, dueño de la Tipografía Social Collodi, recibía a Vicenzo, un agradable joven nativo del pueblo Italiano de Pinerolo. Era un verdadero festín verlos y escucharlos platicar.

Marcello, o “el Abuelo”, como le decían sus empleados, era un hombre alto de unos sesenta y tantos años de edad, conocido -tal vez es exageración, solo tal vez- por sacar de los bolsillos páginas sueltas de libros antes de encontrar lo que buscaba. Nunca perdía un duelo de miradas en los que su par de zarcos intimidaban a casi cualquiera. Segador de joven, editor de adulto, conversador natural, tierno con los niños, de razonamiento rural, pero de entendimiento urbano.

Por otra parte, Vicenzo, notablemente más joven, era de aspecto humilde, sociable, también conversador… pero más que esto, sabía escuchar. Un tanto distraído, pero puntual, de ojos que lo miraban todo moviéndose a la velocidad en que lo hacen en la fase Rem del sueño. Casi siempre dos pasos delante de cualquiera. Como era natural del pueblito de Pinerolo, le decían “Pin”.

— Pin, mi muy estimado Vicenzo ¿cómo estás? –y se levantó de su silla para saludarlo. Con la mano derecha lo saludaba y con la izquierda le tomaba del hombro- ¿Qué me traes de nuevo, Pin?
— Señor Cuminett, usted siempre me recuerda a los faros de Livorno –le dijo, mientras lo saludaba y lo tomaba del antebrazo-.
— Claro que sí Pin y te guiaré a buen puerto…-hubo risas-. Siéntate, ¿qué me tienes esta vez? –se recargó en su escritorio y entrelazó sus dedos por delante de sí mismo-.
— Mire, don Marcello –le entregó un folder con de hojas-. Se llama “Profilo Storico de Spoltore”. Aunque el nombre es tentativo -El señor Cuminett sacó las hojas del folder y comenzó a leer la hoja que tenía el número uno. Después la dos, tres… Había silencio total-.
— Mi querido Vicenzo, ¿puedo ser totalmente sincero contigo?
— Claro que sí, señor.
— Esta vez, creo que, tampoco aceptaré tu novela.
— ¿Y cuándo será esa vez, don Marcello? –hubo una pausa por unos segundos-.
— Cuando seas un escritor de verdad… -afirmó, mirando a Vicenzo a los ojos-.

Aquella plática se prolongó hasta ya entrada la tarde. Marcello Cuminett le hablaba como a un hijo a Vicenzo, movía las manos tranquilamente y de vez en vez sacaba su pluma y le escribía algo en una hoja. En esa conversación le aconsejó que si quería ser un escritor de verdad, tenía que hacer precisamente eso, decir la verdad: “No te mientas, Pin. Tú no te puedes estar mintiendo a la hora de escribir; el 'yo' subrogado de tus narraciones debe decir siempre la verdad”, fue el consejo. Marcello le aseguró que los temas que estaba tocando en sus escritos no eran de su total agrado, y que parecía que el “Yo” que Vicenzo usaba para escribir no le era totalmente fiel a sus letras. Vaticinó que el día que lo lograra triunfaría. Como último consejo le recomendó charlar con Ada Di Censo, un colega que según el abuelo, le podía ayudar a mejorar su técnica. Y así fue. Se contactaron y se vieron en el bar Le Vagazza, un sábado por la tarde. Después de conversar bastante tiempo, vinieron los consejos de parte de Ada. Mujer muy sencilla, de ojos verdes, que no temía llorar o reír aunque se tratara del mismo momento. Estos fueron los consejos que le dio:


I. ...... Objetividad absoluta.
II. .... Veracidad en la pintura de los personajes y en el argumento.
III. .... Máxima concisión.
IV. ..... Audacia y originalidad.
V. .... Espontaneidad.

Además, agregó, “si te mientes, todo te va a salir mal. Cuando logres poner en práctica todos estos consejos, ve con el Abuelo Cuminett”.

Pasaron varios meses. Cuando el joven Vicenzo pensó que la novela estaba lista, se la mandó por correo a la Tipografía Social Collodi y se tomó unas bien merecidas vacaciones. Fue a Roma, a Venecia y a los Alpes. A su regreso, notó que su contestadora estaba llena de mensajes. Casi todos eran del Abuelo. Uno de ellos decía: “¡Pin, Pin! Te he estado buscando por todos lados, Pin; necesito hablar contigo”. Cuando se reunió con el Sr. Cuminett en su oficina éste le dijo que había dado en el clavo, “es una magnífica novela”, y lo felicitó con un abrazo prolongado.

A este éxito se le sumaron otros más, Faros de Livorno, Carmen Ballesteros Mora, La Hoja Azul de los Cuentos, El Maresciallo, Le Vagazza… entre otros. Era tal su éxito, que cada que publicaba una nueva obra los periódicos le dedicaban ocho columnas.

A partir de ahí, se le conoció como, 'Pin, ocho columnas'.





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© Raúl Rojas

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