lunes, 2 de marzo de 2015

Bonita y dormilona (La Bella Durmiente) - Cuento Clásico

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Cuento Clásico Autor Raúl Rojas Voz del Narrador La bella durmiente
Bonita y dormilona (La Bella Durmiente)

Versionando los clásicos: La bella durmiente.


Mi familia se mudó a Dumbarton (Escocia), justo al día siguiente que cumplí catorce años de edad. Obviamente mis padres habían hecho los planes del viaje con bastante antelación. De hecho, era común que una plática cualquiera derivara en algo sobre la mudanza; que tuvo un total de trescientas treinta y cinco millas, cada una de las cuales fue aburridísima. Lo único que hizo el viaje, en sí todo el tema de la mudanza, más o menos digerible para mí fue que mi papá me dijo que en Dumbarton había un castillo. ¡Y siempre me han encantado los castillos! Lo malo fue que a nuestra llegada no vi tal castillo y cada que le preguntaba a mi papá cuándo iríamos a conocerlo, solo me decía que después iríamos y lo veríamos. Estaba demasiado ocupado en establecerse en el pueblo.


Todo era tan catastrófico; no conocía nada ni a nadie. No sabía qué hacer, así es que decidí, dormir. Me levantaba muy temprano. El camino a la escuela era tétrico pero una vez en mi pupitre, dormía. La maestra Susan Bright me reprendía con frecuencia por eso. Varias veces la headmistress citó a mis padres para informarles de mi conducta dormilona. Pero ellos nunca hicieron mucho caso, pues seguían inmersos en su cotidianidad, inmersos en conseguir aceptación en Dumbarton. En casa una vez que llegaba de la escuela, dormía. Dormía antes y después de la comida, dormía cada que había oportunidad, a todas horas… menos por las noches. En la madrugada era cuando aprovechaba para imaginar el castillo que mi papá me había prometido. Imaginaba historias, dibujaba dragones, vencía enemigos y a veces, me convertía en una bruja, una bruja mala por supuesto porque nunca creí en brujas buenas.

Debido a que dormía tanto, sospeché que mis padres creían que lo hacía porque estaba deprimida. Lo confirmé cuando sorprendí a mi mamá leyendo un ejemplar de Coping With Teenage Depresión, que escondía cerca de la cocina en un cajón bajo una escalera de servicio que casi nunca usábamos. Un martes vinieron mis cuatro tías de visita. Cada una de ellas dio su “atinada” opinión sobre lo que me pasaba. Romina dijo que ya se me pasaría que solo era la edad. Además agregó que yo era muy bonita y que cuando me diera cuenta de ello todo iba a cambiar. Sarah opinó que yo era una niña muy dulce, hermosa y que tenía muchos dones, que no se fijaran en lo único malo que tenía si es que así se le podía llamar a dormir y que mejor se fijaran en todo lo positivo que tenía ‘la nenita bonita', como ella me llamaba. Bridie, fue un poco más severa. Aseguró que estaba muy deprimida. De hecho, le preguntó a mi mamá que si ya había terminado de leer el libro que le había prestado. Además de esto, le dijo que debía disciplinarme con mucho más rigor por desatender así la escuela. Cuando escuché eso, pensé, en la siguiente historia que imagine ella será la bruja. Olive, tratando de suavizar lo que dijo su hermana, sostuvo que una leve tristeza o nostalgia no es mala, “El doctor David G. Fassler, dice, 'La tristeza es una emoción normal y sana; la depresión es una enfermedad', y mi bella sobrinita no está enferma de ningún modo –mencionó-. 'El problema estriba en comprender y reconocer la diferencia'", terminó de completar lo que el doctor Fassler decía.

Algún tiempo después de la visita de mis tías yo sola encontré la solución a no dormir tanto, si, como dijo mi tía, se le puede llamar problema a lo uno y solución a lo otro. Fue el día que conocí a Jeremy Landers, un jovencito de Silverton. Desde el día que nos hicimos amigos comenzamos a ir al castillo, juntos. Fuimos muchas veces. Nos veíamos en mi barrio, Bellsmyre, y nos íbamos en bicicleta hasta Dumbarton Rock, donde está el Castillo. Recorríamos todas aquellas calles que separan a mi barrio del castillo platicando mientras pedaleábamos. Una vez ahí, inventábamos historias que se desarrollaban en aquel castillo.

Todos comenzaron a  decir que nos queríamos y que éramos novios. A esa edad yo no sabía cómo era el tan mentado amor del que todo el mundo hablaba; pero sí sabía cómo era la amistad, como: Jeremy Landers. Muy divertida, me ponía de buenas, me hacía reír mucho y no me dejaba dormir durante el día.

Ya han pasado muchos años desde aquellos días de inventar historias en el castillo; y ahora sé que el amor, también es como él.





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© Raúl Rojas

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