lunes, 27 de febrero de 2017

La aguja dorada - Fábula

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Fábula Autor Raúl Rojas Voz del narrador
La aguja dorada - Fábula




Hubo una vez en China un tejedor cuyos tapices eran tan impresionantes, tan bellos, que suscitaban la envidia de quienes los veían. El tejedor era un anciano de nombre WeiFú (喂父). Con él, trabajaban muchos aprendices. Como no podía ser de otro modo le rogaban que les contara el secreto de su éxito. “No tengo secreto alguno –decía el anciano tejedor-. Utilizo las mismas sedas que ustedes, hago las mismas puntadas que les he enseñado”. Cierto día, su aprendiz consentido se le acercó en privado y le suplicó:  

— Maestro, dime por favor tu secreto, a mí que he sido tu mejor y más fiel aprendiz.

—Te lo diré –contestó el anciano para sorpresa del aprendiz-, pero por favor, no lo mantengas en secreto.

—Dímelo maestro, y si tú lo quieres así, no guardaré el secreto –contestó sorprendido y emocionado el aprendiz-.

—He encontrado la Aguja Dorada (los chinos llaman dorado a todo lo mejor, lo más grande, lo mayor posible de algo). Pero solo hay un lugar en donde te la puedo mostrar –y le sugirió que lo siguiera. Lo condujo hasta el almacén de sus obras y le dijo-. Ahí está la Aguja Dorada. 
— ¿En dónde, Maestro? –preguntó y buscó con la mirada.
—Ahí. En las obras que he hecho. La aguja Dorada, no la puedes aprender ni adquirir. Es algo que está en ti, es tu creatividad.

A partir de ese incidente los tejedores de la aldea de Cunzhenjin (村针金) fueron los mejores tejedores de toda China. Su fama también les hizo ganarse el respeto y reconocimiento del emperador.
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Raúl Rojas

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