jueves, 16 de marzo de 2017

La herencia de los Dortland - Cuento

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Cuento Corto Autor Raúl Rojas Voz del narrador herencia Dortland
La herencia de los Dortland - Cuento

Ámsterdam, 1922.

El pionero de la radio holandesa, Willem Vogt, anunciaba con asombro la noticia:

“¡La hermosa mansión de los Dortland, se vendió en una pequeñísima suma de dinero! Resulta casi increíble como esa residencia excelentemente bien cuidada y valiosa, con sus hermosos jardines, sus enormes torres y sus amplios pasillos, haya sido vendida recientemente por la viuda de Sir Arthur W. Dortland, en una extraordinariamente baja cantidad de dinero -explicaba incrédulo-. El afortunado comprador es el señor, Tom Lehmann, un humilde pescador de las cercanías de Ámsterdam -concluyó su sorprendente noticia-”.

Het Volk del 19 de abril de 1922, también informaba tan inverosímil suceso a toda tinta.

Carolline Dortland acababa de quedar viuda unos meses atrás, eso todo mundo lo sabía. Lo que no conocía la gente, era lo difícil que había sido su vida en el último par de años. Su esposo, el tan afamado y respetado Arthur W. Dortland, le había estado jugando un juego cruel y despiadado ante sus mismos ojos: infidelidad. Él se jactaba del poder que podía tener con las mujeres. En Rotterdam, habían vivido un mal día por las deslealtades de Arthur. Carolline, discreta como siempre, no hacía un escándalo de lo que su marido le provocaba. Muy prudentemente se retiraba cuando éste comenzaba a galantear con las mujeres que veía.

Así aguantó por muchos meses, hasta que en diciembre de 1921 le colmó la paciencia cuando llevó a su propia casa a Hellema Gädeke, su amante oficial; una mujer de Haarlem. Ésta lo volvía loco. Era veinticinco años menor que él, dueña de unos hermosos rizos dorados y ojos azules, espigada hasta el cielo, de piernas largas y arrogantes, poseía una mirada seductora que no se conformaba con conquistar al que sea: sino que hipnotizaba. Además, tenía una nariz bellísima. Sin embargo, a pesar de ser bella, dulce e inofensiva pronto se convertía en una fiera si algo no salía como ella deseaba. Ese día Carolline se puso furiosa y agotó su paciencia al ver la desfachatez, tanto de Arthur como de Hellema. Los echó de su casa, pero solo consiguió una bofetada de parte su marido, que la envió de una sola pieza al suelo. La pedante señorita Gädeke la observaba pararse del suelo y caminar hasta su alcoba.

Fue en ese momento donde Carolline ideó el plan para deshacerse de esa agonía. Al final del día, ya cansada, trató de dormir inútilmente, pues pesadas lágrimas goteaban desde sus ojos alternándose entre el desaliento y el brío de resistir. Lo consiguió hasta ya muy avanzada la madrugada, cuando fue muy obvio que Hellema y su marido abandonaban la casa. Al otro día, cerca de las once de la mañana, y con el plan en su cabeza, fue a ver a Winkle Kowalski, un juez y abogado de su confianza. Enseguida notó en el rostro de ella la amargura disfrazada de denuedo por su llanto lento y prolongado. Ella le explicó a su amigo el juez lo que sucedía. Kowalski por su parte, le preguntó lo que pensaba hacer, a lo que ella le contestó:

—Ideé mil formas de matarlo; desde envenenarlo hasta un asesino a sueldo Winkle, pero solo era mi enorme desesperación. Lo único que quiero que me digas es qué puedo hacer para que esa mujer no obtenga nada aparte de a Arthur.

— ¿Te refieres a tu herencia, tus bienes?

—Exactamente a eso mismo me refiero.

Esa mujerzuela no merece nada que sea de valor, se
puede quedar con Arthur, pero todo lo demás que tenemos es para nuestros hijos, espero que me entiendas.

—Te entiendo perfectamente, pero me temo que nada se puede hacer, Carolline. Arthur vino muy temprano a cambiar su testamento. No podemos verlo y no puedo informarte los cambios que hizo ese patán.

Furiosa y desanimada regresó a su casa. Ni siquiera había cruzado el porche de la entrada cuando Harbeck, su mayordomo, le hizo saber la funesta y sorpresiva noticia: Su esposo, después de dejar a Hellema Gädeke en la casa de ésta, había muerto al accidentarse contra el tren. Aunque con sentimientos encontrados, pues había sido su marido por poco más de treinta años, se mantuvo impertérrita, sin saber o sin desear reaccionar.

La noticia se esparció rápido por la región. Todos los amigos de Arthur asistieron al funeral. Cuando alguno de éstos le daba el pésame a Carolline ella no podía disimular la incomodidad de recibir dicha condolencia. Al llegar el tiempo preciso de leer el testamento, ahí estaba el gran cambio que había hecho Sir Arthur W. Dortland: la casa donde vivía Carolline (aquella de los amplios pasillos y porche lujoso), debería venderse, y la totalidad del dinero de la venta dárselo a Hellema Gädeke.

Muy astuta, Carolline vendió la casa en la mínima cantidad que se le ocurrió y entonces entregó el dinero a Hellema. El precio de venta de la casa fue el mismo que se pagaba por media docena de pan dulce.

¿Quién era el comprador? Tom Lehmann, el viejo amor de la juventud de Carolline.

Claro… lo tengo que decir: Y vivieron felices por siempre.
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© Raúl Rojas
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