jueves, 9 de marzo de 2017

La primera de todas - Cuento

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cuento corto Autor Raúl Rojas Voz del narrador
La primera de todas - Cuento

Cuando yo era niño mi padre compró una finca grande en una calle adoquinada. Primero estaba nuestra casa, después la de la familia Villaseñor, enseguida vivían los McLene y al final estaba la casa la familia Laborde. No pasó mucho tiempo para que todas las familias nos hiciéramos vecinos entrañables. Mi padre solía hacer comidas que se extendían hasta la hora de la cena e incluso hasta el otro día. Cuando eso sucedía todos los niños de mi edad hacíamos lunadas y pasábamos la noche viendo por los telescopios el cielo; después dormíamos en donde mejor nos acomodáramos. Siempre que podía, escribía cada detalle de esas hermosas reuniones en mi diario. De hecho, comencé a escribirlo a partir de que nos mudamos allí. Quería plasmar cada detalle de mis sentir, mis observaciones de la vida y de las personas, y detalles de todo lo que me parecía interesante y digno de dejarlo escrito allí con esa tinta azul.

Sandy Laborde, era una niña introvertida. Casi nunca cruzaba palabra con ella. Lo lamentaba mucho pues era una niña hermosa. Mi lugar favorito era una pared ancha que bordeaba la propiedad de mi familia. Ahí me sentaba para observar el cielo, las montañas que se veían a lo lejos. Escuchaba los pájaros, el viento en los árboles y desde luego, miraba a Sandy cuando paseaba en su bicicleta. Pasaba muchas horas sentado en ese lugar. Mucho de lo que ahí observaba terminaba en mi diario. Pero no solamente ahí. Cuando comencé a escribir historias lo hice basándome en cosas que vi desde ahí. Muchas historias, historias que nadie leyó sino hasta muchos años después cuando comenzó la fiebre de los Blogs. Aquellos años de la calle de adoquines que recuerdo con tanta nostalgia, terminaron cuando nos mudamos a otra ciudad. No quise mostrar tristeza, pero por dentro no soportaba la idea de irme de esa hermosa casa, rodeada de grandes árboles y tantos amigos. Me costó bastante reponerme y volver hacer otros.

Escribí un par de novelas basadas en hechos de esas magníficas tardes en la casa de la calle de los adoquines. Y debo confesarlo: escribí muchos poemas para Sandy, que nunca le di a leer.

Hace poco, di una conferencia en mi antigua ciudad y no resistí visitar la calle de adoquines. Las casas ahora eran más y más modernas, pero al final seguía casi intacta la casa de los Laborde. El corazón me palpitó a mil por hora cuando me acerqué a la puerta. Antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió y salió una hermosa muchachita, idéntica a como recuerdo que era Sandy. Tras ella, salió Sandy... ahora Sandy de McLene. Inmediatamente nos reconocimos. Sonreímos antes de decirnos nada. Me acerqué y nos dimos un abrazo como el que solo se les da a los viejos amigos. Platicamos de su familia y la mía, me contó que había trabajado por un corto período como escritora para una revista en su oficina local, pero cuando se casó dejó todo lo que estaba relacionado con escribir. Yo le conté que había tomado el camino de las letras y que tenía ya varias obras publicadas. Me sorprendió que lo supiera, y que me dijera que había leído un par de libros míos.

Sin embargo, la mayor sorpresa vino al final de la conversación esa tarde. Me confesó que siempre que podía en aquellas reuniones de nuestras familias, cuando ya todos estábamos dormidos, ella se escapaba a mi habitación y leía mi diario. Me dijo que le encantaba la manera en que yo veía la vida y a las personas, y la manera en que lo contaba en mi diario personal. Desde luego no me enojé, ni mucho menos. Ni siquiera me dio pena. Al contrario, me dio mucho gusto haber saludado nuevamente a la primera de todas. No, no mi primer amiga, ni mi primera novia, mucho menos mi primer amor... sino, a la primera de todas: a mi primera lectora.
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© Raúl Rojas
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